En una solemne ceremonia realizada en el auditorio de la casa de estudios que lleva su nombre, el  “Hermano Pablo Hernández García” recibió el título Doctor Honoris Causa junto al hermano Manuel Franco Jáuregui y Mons. Jorge Carlos Patrón Wong 

La entrega de los títulos —los primeros en la historia de la Universidad— se realizó en el marco del cierre de las actividades conmemorativas del 25o. aniversario de la fundación de la universidad ante  aproximadamente 500 personas.

Don Pablito, como cariñosamente se le conoce por numerosas generaciones de ex alumnos de colegios maristas de Yucatán; es uno de los decanos de la institución. A continuación replicamos esta reseña sobre su magisterio que la Universidad Marista realizó en ocasión de entregarle la Medalla Marcelino Champagnat, en Junio de 2013, con el título

El «secreto» de don Pablo: Hacer de lo cotidiano algo extraordinario

 

«Aquilatamos lo que brilla y deslumbra, y a veces ese  resplandor nos impide ver lo que realmente es importante», dijo anoche nuestro rector. « Sólo si quitamos todo el oropel, toda la brillantina, podemos conocer el papel importantísimo que desempeñan esas personas que hacen que los pequeños gestos cobren sentido y reconozcamos lo que es realmente importante, lo que perdurará y por lo que seremos juzgados».

 

Y una de esas personas a las que se refería Miguel Baquedano Pérez es el hermano marista Pablo Hernández García, quien en una emotiva ceremonia recibió la más alta distinción que otorga nuestra casa de estudios, la medalla San Marcelino Champagnat. 

Don Pablito, al recibir la medalla Marcelino Champagnat en el 2013

 

Ayer, 6 de junio, se cumplieron 173 años de la muerte de nuestro fundador. La entrega de la medalla que lleva su nombre fue el ejemplo más fehaciente que sus enseñanzas siguen más vigentes que nunca. El ejemplo de don Pablo y el cariño y admiración que anoche lo arroparon dieron fe de ello.

«No recuerdo que en ninguno de los 6,205 días que tiene la universidad haya habido cansancio tan grande que a don Pablo le impidiera venir. Tampoco ha habido malestar que lo hiciera llegar tarde. Nunca he escuchado de él un no por respuesta cuando se trata de ayudar a alguien; no hay obstáculo  que le impida dar su tiempo a los demás. Don Pablo no dudó en dar su vida por la universidad y por nosotros», recordó el rector Baquedano Pérez.

Antes de nuestro vicerrector sólo una persona ha recibido la medalla San Marcelino Champagnat: don Luis Hernández Ramírez, quien también se dio cita anoche, junto con los familiares de don Pablo, los hermanos de las obras maristas de Mérida y los integrantes de la asamblea de asociados y de la junta de gobierno.

También estuvieron presentes intendentes, personal administrativo, directores y exdirectores académicos, coordinadores, maestros, alumnos y egresados. Entre estos últimos, 83 que tuvieron los mejores promedios de su generación. A ellos se les entregó una placa conmemorativa, en forma de las cartelas que caracterizan la arquitectura de nuestro campus.

«Le invito, don Pablo a mirar  a su alrededor», le pidió el rector. «Estoy seguro que lo que le causa más alegría esta noche no es el recibir la medalla Champagnat. Su alegría proviene más de ver reunidas a muchas de las personas  a las que usted ha acompañado durante casi 17 años por los pasillos y salones de esta Universidad, ofreciendo acompañamiento, consejo y presencia».

 

Día de fiesta

La ceremonia de entrega de la medalla comenzó a las ocho de la noche. Y tuvo un claro sello marista. «Soy Lalo», nos dijo a todos durante su intervención el superior de los hermanos en Mérida, Eduardo Torres Jiménez. «Me pidieron hablar en nombre de la Provincia de México Occidental… Y así lo hago». «Pablo: te quiero mucho. Que Dios te siga bendiciendo».

«Gracias, Lalo», le dijo Diana González Cetina -maestra de ceremonias, egresada y actualmente coordinadora de Programas Internacionales de nuestra casa de estudios- al hermano al concluir su intervención, siguiendo la invitación que él mismo había hecho.

El primer momento de la reunión fue la entrega de las cartelas de plata a los mejores promedios de licenciatura y maestría. Uno a uno, hasta llegar a los 83, fueron desfilando «los mejores de los mejores», según la definición del rector, para recoger su medalla. En total, hay 134 mejores promedios de todas las generaciones de la universidad. Muchos no pudieron asistir porque se encuentran fuera de Mérida y de México incluso cursando o estudios de posgrados o trabajando.

 

Testimonio, lazo y medalla

Posteriormente, en nombre de sus compañeros egresados, Sayda Rodríguez Gómez dijo unas palabras. Recordó que don Pablo fue su primer y único maestro marista, en primero de preparatoria, y le dio las gracias por su entrega y ejemplo. 

Al finalizar Sayda, Arturo Caballero Barrón, mejor promedio de la primera generación de la primera maestría que se abrió en la universidad, y Ana Paulina Ortega Rosado, mejor promedio de la Licenciatura en Derecho y destacada egresada de la universidad, le entregan al hermano marista un testimonio de gratitud. 

Después, el hermano Sergio García Blackaller, director del Colegio Montejo, en representación de todos los hermanos de la Comunidad Marista de Mérida, le dio a don Pablo un lazo como símbolo de fraternidad.

En una emotiva intervención, Juan Carlos Seijo Gutiérrez, rector fundador y presidente de la Junta de Gobierno de la Universidad Marista, dio una pequeña semblanza del vicerrector y explicó a quién y por qué se da la medalla San Marcelino Champagnat. 

El momento más emocionante de la noche fue cuando don Pablo subió al estrado y el rector le puso la medalla. Un aplauso de varios minutos, con todos de pie, enmarcó esta acción.

Al usar la palabra, lo primero que hizo don Pablo fue dar las gracias. «Gracias a todas las personas que me han brindado su amistad. Le doy gracias  al Señor y a nuestra Buena Madre por la larga vida que me han concedido, por la salud que el Señor me ha dado, por los numerosos exalumnos  que han pasado por mis manos a lo largo de más de 60 años dedicados a la educación, por mis compañeros maravillosos de trabajo de los cuales he recibido tantas muestras de amistad y comprensión, por los alumnos, de los cuales he recibido tantas muestras de amistad y respeto».

«Finalmente agradezco, de todo corazón, a mis Superiores que me brindaron la oportunidad de estar tanto tiempo en esta Universidad, pues es el lugar donde he estado más contento y realizado. Y donde he tenido las mayores satisfacciones, principalmente por haber visto el nacimiento y desarrollo de nuestra Universidad…». 

La ceremonia concluyó con el discurso que dio nuestro rector, quien nos invitó a que, como don Pablo, recordemos que «el mayor éxito de la vida es lograr que el quehacer cotidiano se vuelva extraordinario». Posteriormente, se ofreció un brindis de honor junto a la biblioteca. 

Ver galería de fotos

 

Discurso del hermano Pablo Hernández García.

PALABRAS DE  AGRADECIMIENTO ENTREGA MEDALLA SAN MARCELINO CHAMPAGNAT

Estimado Rector de nuestra Universidad, Miguel Baquedano Pérez;  apreciados miembros de la Asamblea de Asociados y Junta de Gobierno, maestros, alumnos y ex alumnos;  personal de intendencia y familiares que me acompañan.

Con el alma llena de gratitud, agradezco de todo corazón, el haberse fijado en mi persona para concederme la preciada Medalla San Marcelino Champagnat.

La  noticia fue para mí una enorme sorpresa, pues jamás pensé que se me otorgara tal distinción, pues otras personas más calificadas de nuestra universidad, con mayores méritos que su servidor, son magníficos  candidatos para que se les conceda. Al conocer el nombramiento, me resistía a aceptarla, pero después pensé que era mejor que no me opusiera a la voluntad de los que me la otorgaron.

Para los que no tienen antecedentes sobre mi persona, haré un breve resumen de mi autobiografía:

Nací el 30 de junio de 1927, en Arandas, Jalisco, en la región de los Altos, centro de la revolución Cristera.

Mis padres, que eran muy cristianos, me infundieron la devoción a la Santísima Virgen. El Hno. Cesáreo González, de la comunidad de Tepatitlán, Jal. me habló de la Congregación de los Hnos. Maristas y me  invitó a a entrar en dicha Congregación Marista. Sin pensarlo mucho, me decidí, e ingresé a la casa de formación de Tepatitlán el 11 de diciembre de 1939, víspera de la fiesta  de Nuestra Señora de Guadalupe.

Después de una breve estancia en esta ciudad, me mandaron a Cienfuegos, Cuba. Ahí estuve muy contento, pues  tanto los Hermanos como nuestros compañeros cubanos, nos trataron muy bien. En diciembre de 1942 regreso a México, a Tlalpan D.F. para  iniciar el postulantado y noviciado.

Querétaro, donde hice el ecolasticado y los estudios de maestro normalista, el Instituto México y el Internado México de la capital, fueron mi primer campo de apostolado. Ahí tuve la oportunidad de estudiar la carrera de Maestro en Filosofía en la U.N.A.M. junto con el Hno. Basilio Rueda, cuya causa de canonización estrá introducida en Roma.

En 1959 estuve 6 meses en Francia, cerca de Lyon, realizando el 2° noviciado. De regreso de Europa, me destinaron al Instituto Valladolid de Morelia, para fundar la preparatoria junto con el Hno. Pablo Aguilar y ahí permanecí 15 años.

En 1975 me enviaron como coordinador de  la Preparatoria del CUM de Mérida. Otros Campos de apostolado fueron el Ecolástico de Querétaro y el Centro Escolar del Noroeste, los Mochis, Sinaloa.

En 1983-84, estuve en la Ciudad de Roma, donde tuve la oportunidad de asistir a la Universidad Gregoriana. En dos ocasiones tuve la dicha de visitar tierra santa.

En 1994, de regreso de los Mochis, me enviaron de nuevo al CUM y desde esa fecha, estoy en esta bella y hospitalaria tierra yucateca en la cual llevo ya 28 años.

Como sabemos, en 1996, gracias al empuje de un grupo de entusiastas ex alumnos y apoyo de los Superiores, nace nuestra universidad Marista de Mérida.  Iniciamos las clases en el CUM, en el turno de la tarde. Gracias a la bondad y al don de gentes del Hno. Abelardo Leal, se solucionaron fácilmente los problemas que se fueron presentando. Para estas fechas el Hno. Chiquilín había conseguido este terreno de la Universidad para campos deportivos del CUM, pero gracias a su magnífica ubicación y entusiasmado también con el proyecto de la Universidad, cedió el terreno para la construcción de la misma, de tal manera que el primer edificio de  la Universidad empezó en junio de 1998. Ya para septiembre de 1999, aunque el edificio no estaba del todo terminado, iniciamos las clases en nuestra Universidad, con una matrícula de 142 alumnos con las carreras de: Derecho, Arquitectura, Contaduría y Administración de Empresas. Al año siguiente se iniciaron Administración de Recursos Naturales y Psicología.

En la actualidad contamos con 15 licenciaturas, 14 maestrías y 2 doctorados. Todos estos logros son debidos al aprecio de la obra marista de parte de los yucatecos, sobre todo de esta ciudad de Mérida, pero también gracias al del excelente personal docente y administrativo que ha tenido la universidad. Los 3 rectores  que han pasado por la misma: Dr. Juan Carlos Seijo Gutiérrez, Dr. Alejandro Flores Nava y el actual rector Mtro. en Impuestos Miguel Baquedano Pérez han impulsado enormemente nuestra universidad. Sin olvidar al cuerpo administrativo, cuya entrega y amor a la obra es admirable y también  por el ambiente de familia que debido al esfuerzo de todos, hemos logrado. 

Agradezco de todo corazón este inmerecido homenaje, a la Asamblea de Asociados, a la Junta de Gobierno y desde luego a nuestro estimado Rector M.I. Miguel Ángel Baquedano Pérez y al Dr. Juan Carlos Seijo por haberse fijado en mi persona para este galardón.

Gracias a todas las personas que me han brindado su amistad. Le doy gracias  al Señor y a nuestra Buena Madre por la larga vida que me han concedido, por la salud que el Señor me ha dado, por los numerosos exalumnos  que han pasado por mis manos a lo largo de más de 60 años dedicados a la educación, por mis compañeros maravillosos de trabajo de los cuales he recibido tantas muestras de amistad y comprensión, por los alumnos, de los cuales he recibido tantas muestras de amistad y respeto.

Gracias a los Hermanos de mi comunidad que siempre me han alentado a seguir adelante a pesar de mi edad. Por los intendentes siempre dispuestos a prestar cualquier servicio que se les pida.

Asimismo muchas gracias a mis familiares que vinieron desde Guadalajara para acompañarme en este acto tan significativo para mí.

Con frecuencia me hago esta pregunta: ¿hasta qué punto he cooperado para lograr la encomienda del Hno. Cavazos, Provincial  de esa época, que al aprobar la fundación de la Universidad, nos insiste en no dar la espalda a la gente  pobre de nuestro país, encarnada en nuestro pueblo maya como los más pobres y abandonados del estado?.

Finalmente agradezco, de todo corazón, a mis Superiores que me brindaron la oportunidad de estar tanto tiempo en esta Universidad, pues es el lugar donde he estado más contento y realizado. Y donde he tenido las mayores satisfacciones, principalmente por haber visto el nacimiento y desarrollo de nuestra Universidad y sobre todo “por haber cooperado en la fundación de la obra del CEMADE, en la colonia Emiliano Zapata Sur para atender a las personas más necesitadas de esa zona, así como en el  diplomado para los adultos mayores que tanto éxito ha tenido.

 

Discurso del rector Miguel Baquedano Pérez.
Cuando el quehacer cotidiano se vuelve extraordinario. Así se podría resumir el día a día de don Pablo Hernández García, hermano marista que esta noche recibe la distinción más alta que otorga nuestra Universidad.
 
Desde hace ya casi diecisiete años, es don Pablo el primero en recibir a los universitarios. Su presencia, constante y familiar, es un recordatorio, a maestros, y directivos, que la universidad es una casa, y que nosotros, los moradores, somos lo más importante.
 
Sus intervenciones, siempre breves, expresadas de forma directa y con claridad, nos ayudan a mantener el rumbo que se comenzó a trazar en los sueños de muchos de sus hermanos maristas y de sus exalumnos, cuando las aspiraciones fundacionales empezaron a hacerse realidad. Don Pablo es camino y destino en esta universidad.
 
Admiramos las hazañas de los deportistas… Y ahí están los grandes ídolos del fútbol y del béisbol viendo cómo sus trofeos acumulan polvo en repisas.
 
Nos cautivan los artistas con sus actuaciones y nos emocionan los músicos con sus composiciones y voces…  Y ahí, de nuevo, están los ganadores de óscares, leyendo cómo su vida personal se ventila y exhibe en las revistas de la farándula. 
También, ahí están las estrellas de la música, viviendo de canciones que fueron éxitos de hace años, sobreviviendo de la nostalgia.
 
 
Aquilatamos lo que brilla y deslumbra, y a veces ese  resplandor nos impide ver lo que realmente es importante. 
 
Sólo si quitamos todo el oropel, toda la brillantina, podemos conocer el papel importantísimo que desempeñan esas personas que hacen que los pequeños gestos cobren sentido y reconozcamos lo que es realmente importante, lo que perdurará y por lo que seremos juzgados.
 
No recuerdo que en ninguno de los 6,205 días que tiene la universidad haya habido cansancio tan grande que a don Pablo le impidiera venir. Tampoco ha habido malestar que lo hiciera llegar tarde. Nunca he escuchado de él un no por respuesta cuando se trata de ayudar a alguien; no hay obstáculo  que le impida dar su tiempo a los demás. Don Pablo no dudó en dar su vida por la universidad y por nosotros.
 
Y aquí, en este espacio, en esta noche, recibe la Medalla San Marcelino Champagnat, rodeado de muchos de los mejores alumnos de la Universidad Marista, hombres y mujeres, hoy profesionales de éxito y seres humanos plenos. 
 
Los profesionales que durante un lustro de su vida el primer saludo que recibieron en el lugar donde se formaron para el trabajo y la vida  fue el de don Pablo.
 
Antes de nuestro vicerrector sólo una persona ha recibido la Medalla Champagnat: don Luis Ramírez Rosado, hoy presente.  
 
Ambos comparten el amor al trabajo, la constancia de cortar a diario esa roca inmensa, durísima que representan los obstáculos. 
 
Con su ejemplo, don Luis y don Pablo nos muestran día a día cómo la humildad, sencillez y modestia en las que tanto insistió San Marcelino pueden y deben ser los pilares de nuestro actuar.
 
Parece irónico. Pero esas tres virtudes marianas y maristas, representadas en nuestro  escudo como  tres pequeñas, casi insignificantes violetas, pueden dar más sombra y cobijo que cualquier otro árbol; más incluso que las ceibas que crecen en nuestra casa y son metáforas de la institución. 
 
Ceibas y violetas. Lo ordinario y lo extraordinario. Con esa dualidad, nuestra Universidad crece y se fortalece; nos enseña qué es lo importante, pero también nos da muestra de solidez. 
 
En esta noche tan especial nos acompañan, entre muchos otros alumnos, los egresados que tuvieron los mejores promedios de sus generaciones. Los mejores de los mejores. Los que supieron admirar las violetas que crecen junto a las raíces de los grandes árboles.
 
A todos los presentes, muchas gracias por compartir con nosotros este evento; muchas gracias por regresar a su casa, la Universidad Marista. 
 
Muchos de sus compañeros no están físicamente, pero al igual que ustedes, también ponen en alto el nombre de esta institución desempeñándose como hombres y mujeres integrales, con altos estándares profesionales.
 
El Ser para servir puede dar fruto en cualquier lugar, sólo requiere dar ejemplo y tierra fértil, como ustedes.
 
Le invito, don Pablo a mirar  a su alrededor. 
 
Estoy seguro que lo que le causa más alegría esta noche no es el recibir la medalla Champagnat. 
 
Su alegría proviene más de ver reunidas a muchas de las personas  a las que usted ha acompañado durante casi 17 años por los pasillos y salones de esta Universidad, ofreciendo acompañamiento, consejo y presencia.
Está alegre por estar rodeado de jóvenes que intentan, día a día, ser buenos cristianos y buenos ciudadanos. 
 
Ellos son los frutos de nuestra universidad, son la razón de ser de su misión. 
 
Está emocionado porque ve en estos hombres, en estas mujeres, a los estudiantes que alguna vez usted saludó al entrar a la Universidad. 
 
De ese gesto ordinario de dar los buenos días y de preguntar cómo están las cosas en casa, hoy hay vidas y obras extraordinarias que redundan en nuestra sociedad. 
 
Hoy invito a todos quienes estamos aquí a recordar que el mayor éxito de la vida es lograr que el quehacer cotidiano se vuelva extraordinario.
 
Felicidades, don Pablo. Felicidades, egresados. 
 
Discurso del presidente de la Junta de Gobierno Juan Carlos Seijo Gutiérrez.
Don Pablo Hernández García, F.M.S.
 
Hace diez años nuestra querida Universidad instituyó la Medalla San Marcelino Champagnat.  La medalla se otorga a quienes han dedicado su vida al proyecto educativo de San Marcelino y han puesto sus capacidades y talentos al servicio de los demás, en especial de los más desatendidos. Este reconocimiento únicamente ha sido entregado en una ocasión, en 2004, a nuestro Profesor y miembro fundador de la Junta de Gobierno de la Universidad, Don Luis Ramírez Rosado, quien hoy nos acompaña.
 
Hoy, con la presencia de nuestros apreciados egresados, el equipo de trabajo de la Universidad, sus Hermanos y miembros de su familia, tenemos el honor de entregarle la Medalla San Marcelino Champagnat  2013, a nuestro querido Vice-Rector General Hermano Don Pablo Hernández García, F.M.S. para quien pido un muy afectuoso aplauso.   
 
Don Pablo nació el 30 de junio de 1927 en Arandas, Jalisco y apenas doce años más tarde, el 11 de diciembre de 1939, entregó generosamente su vida para formarse y servir en el proyecto educativo de San Marcelino. Realizó su Juniorado en Cienfuegos, Cuba durante tres años y en 1944 hizo sus votos perpetuos como Hermano Marista. Luego obtuvo el grado de Licenciado en Filosofía en la UNAM, formación académica que, como nos ha compartido, le ha servido como formador y para nutrir sus decisiones cotidianas. 
 
Don Pablo ha sido Maestro de filosofía de varias generaciones Maristas de nuestro querido CUM en el periodo 1975-1983, y luego de 1994 a 1996, año este último en el que fue nombrado por el Hermano Provincial Don Antonio Cavazos Bueno para acompañar y asesorar al Rector en el proceso de fundación de nuestra querida Universidad, proyecto que visualizaba Don Pablo desde 1981.
 
Nuestra comunidad Universitaria ha tenido, desde su fundación, el privilegio de contar con su presencia sencilla y discreta, atento, dispuesto a escuchar y también a guiar con sabiduría y claridad. Siempre pendiente de las necesidades humanas y de formación de los universitarios y también del personal académico y administrativo. Siempre preocupado por cuidar el ambiente de familia de nuestra Universidad y la calidad educativa de todos nuestros programas. Siempre participando incansablemente en la Junta de Gobierno, los Colegios de Profesores, el Consejo Académico y en las reuniones de administrativos y personal de intendencia, ofreciendo la formación Marista requerida para que todos realicemos, cabalmente, el proyecto educativo de San Marcelino y lo sustentemos en amor y confianza en nuestra Buena Madre.  
 
Ha realizado con enorme pasión su vocación de servicio a los más necesitados: trabaja evangelizando y formando a niños y familias desde 2002, en la Colonia Emiliano Zapata Sur, donde después de varios años de trabajar con la comunidad en una casa rentada pequeñita, fomentó el establecimiento del Centro Marista de Desarrollo (CEMADE), espacio en el que continúa trabajando todos los sábados con su equipo de formadores. Los que tenemos el privilegio de servir a nuestra comunidad universitaria hemos recibido de Don Pablo su incondicional acompañamiento académico, humano y espiritual. Don Pablo ha sido siempre un amigo entrañable y un ejemplo de vida para nuestra comunidad educativa. Con su testimonio cotidiano, hace vida el hermoso lema de nuestra Universidad, Ser para Servir. Muchas gracias Don Pablo!
 

Deja un comentario

Tendencias